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Reportaje "Doctoras del Pueblo" publicado por el País Semanal el pasado 30 de Marzo de 2003. 

Gracias a Basilio Velasco

 

REPORTAJE

 

LA CONSULTA. Alicia Fernández, en el ambulatorio de Valles (Palencia).

Doctoras del pueblo

 

Los médicos rurales no sólo luchan contra la enfermedad. También se enfrentan a la falta de medios, a problemas sociales y hasta climatológicos. Ésta es la historia de un día en compañía de la doctora de la zona de Saldaña, en Palencia. Por Empar Moliner. Fotografía de Carlos Serrano.

Doña Alicia, que dicen que el Sadam Husein nos va a mandar la viruela -bromea don José Luis, el encargado de abrir el consultorio médico.

-No, no creo que llegue aquí, a Valderrábano (Palencia).

-Pero es que sólo con que nos mande una gripe, ¡aquí no quedamos ni siete.' Le serviremos de abono a esa huerta de allí -y el hombre señala con el bastón hacia el cementerio.

La doctora palentina, Alicia Fernández, de 42 años -uno de los casi doscientos médicos rurales de la Comunidad de Castilla y León-, abre el portaequipajes para recoger el maletín. Allí no lleva sólo gasas, sueros, vendas, o pañales, sino también spray anticongelante para las ruedas y una pala para la nieve. Entra en el consultorio local, que, como en la mayoría de los 72 pueblos que dependen del centro de salud de Saldaña. está en el teleclub. Durante años, el teleclub fue el único lugar con televisión, y los vecinos se reunían para verla. Ahora, aparte de ser consultorio, sirve como colegio electoral o sala de reuniones. "En los buenos tiempos eramos 400 personas entre Valderrábano y Valles de Valdavia", cuenta don José Luis mientras la doctora atiende a los pacientes. `Ahora, en Valderrábano somos 33, y ¿en Valles...? A ver, los Pisculinos son cuatro; el Aquilino, uno; en casa mi hermano, dos; Julio, dos. y Luciano, dos. En casa Santiago, dos (y van 13); en casa del hijo, cuatro, porque de allí tiras otra vez a casa del Aquilino".

Una media hora más tarde, los cinco enfermos de Valderrábano han pasado por la consulta. Subimos de nuevo al 4x4, propiedad de Alicia (en el centro de salud de Saldaña hay un solo coche, que comparten médicos y veterinarios). Dos veces al año, ella y sus compañeros reciben una pequeña compensación económica para la gasolina. No les pagan el desgaste del vehículo.

"¿Veis? Pasar por delante de dos pueblos y no parar, para ir a otro que está más allá, porque éste le toca a un compañero, es bastante absurdo. Estamos esperando la reestructuración. Desde que se han traspasado las competencias sanitarias a la Junta de Castilla y León, se distribuirán los pueblos asignados a cada uno de manera más lógica. El partido de Vega de Doña 0limpa incluirá Relea de la Loma y Villalafuente, con una zona de Saldaña".

Nos dirigimos a Valles de Valdavia. Después, a Valenoso y a Renedo del Monte. Antes, la doctora ha atendido una urgencia en Villalafuente. Luego visitará a pacientes del centro de salud. "El trabajo del médico rural no sólo es curar. También es solucionar problemas de asistencia social. Yo qué sé. En Saldaña, el otro día traté a unos abuelucos que no tienen coche. Resulta que él tiene que ir a Palencia a hacerse una prueba. Algo sencillo para ti o para mí. Yo te digo: 'El día antes, ponte esta inyección'. Tú lo haces y va está. Pero ellos sufren. Están solos. ¿Ese día ne vará? ¿Llegará a tiempo el auto de línea? Por mucho que les expliques, están nerviosos.

LAS VISITAS. La enfermera Asun Casadevall, arriba, en una visita a domicilio. Abajo, vestida de claro junto a Alicia Fernández, y ésta, a la derecha, atendiendo un 'aviso'.

 

Entonces llamo a Palencia. `Soy la doctora. Mire, el paciente vendrá a tal hora porque el autobús le llega con este horario. ¿Puede usted, por favor, ayudarle a ir a hacerse el Sintrón?' [el Sintrón es una medicación anticoagulante que necesita un control analítico estricto]. Bueno, pues te dice: `Es que, oye, yo no soy- ningún asistente social'. Y le contesto: `Yo tampoco, soy su médico, pero si no lo hacemos así, el señor perderá el dinero del taxi y no podrá hacerse la prueba'. Total, al final lo conseguí. Bueno, pues el día de la prueba ¡cayó una nevada...! Los pueblos se quedaron incomunicados... Me llamó el señor diciendo: `Doña Alicia. ¿y usted cree que podremos llegar?". La doctorareduce la velocidad, porque al salir a la carretera general nos encontramos un rebaño de ovejas. Baja la ventanilla: "¡Melecio! ¿Me dejas adelantar, que vamos para Valles?".

Asun Casadevall es una de las dos enfermeras asignadas a Alicia. Nació en Barcelona, pero hace 16 años (tiene 45) que trabaja aquí. A diario visita un pueblo, pasa consulta en el centro de salud y• atiende los avisos, que pueden oscilar entre 0 v 10. "La enfermera rural hace también trabajo de acompañamiento", explica mientras aparca su coche en Relea. "Cuando curas al abueluco, te cuenta sus enfados con la vecina, que `hoy no ha llovido', que `me está doliendo mucho...'. En algún pueblo son seis, y la mitad no se habla con la otra mitad. Te cuentan sus cosas. Que se han peleado por `las suertes de la leña', por ejemplo. Las suertes son divisiones que dos hombres del pueblo hacen en el bosque, para que cada vecino pueda recoger la parte de leña que le corresponde".

Las calles de la mayoría de estos pueblos no tienen nombre, así que, cuando llueve o es de noche, el paciente, en lugar de explicar al médico cómo ir a su casa, coloca una silla en el portal, para que no se pierda. Ahora, Asun y Alicia conocen bien la mayoría de sus 72 núcleos de población. La silla casi nunca hace falta.

Entramos en la cocina de la casa. Asun se quita el abrigo y se frota las manos para calentarlas. Le pide a la señora que se baje las medias.

-Con este frío ¿quieres desalojarme? -bromea ella.

-Paulina, esta herida tiene mala cara-dice Asun mientras le examina la pierna-. ¿Cuándo se la hizo?

-El lunes, hija.

-Y ha estado sin decir nada... -Mujer, me daba apuro. Yo ya comprendía que tenía ahí algo, pero... Mientras Asun trabaja, Publio, el marido, llena una bolsa de cebollas y la deja en el coche de Asun sin decir nada. -Y usted, Publio, ¿por qué ya no baja el martes al mercado de Saldaña? -le anima ella cuando regresa a la cocina. -;Por no moverme!

Fuera cae aguanieve y nos metemos al coche tan rápido como podemos. "Es muy importante enseñar a los abuelucos a dar los avisos", nos explica, cuando vamos de vuelta. "A veces se ponen tan nerviosos que llaman y te dicen: `¡Venga corriendo!', y cuelgan, sin decirte dónde están. Hay que ser consciente de que muchos no han podido aprender a leer y escribir. `Tómese tres cuartos de pastilla', dices. Y primero debes saber si te están entendiendo. Yo, al principio les decía: `Ya lo tiene aquí escrito', y ellos, a lo mejor por vergüenza, se callaban. Ahora, porque los conoces a todos. A veces lo hacemos por colores: `El garbanzo rojo se lo toma en la cena; el azul, por la mañana'. Así". Yendo hacia Valenoso. Alicia se encuentra a tres pacientes marroquíes. trabajadores de la fresa, que hacen autostop.

-¿Van a Saldaña? - pregunta uno. La doctora niega y añade: -Mohamed, ¿qué tal tu catarro? -No bien. No clima aquí.

LOS PACIENTES. Tres personas esperan a la doctora en el consultorio de uno de los 72 pueblos que dependen del centro de salud de Saldaña (Palencia).

 

           

Cuando nos vamos, Alicia se lamenta de que a los marroquíes les cuesta aceptar que el médico sea mujer. y sólo van a la consulta cuando están muy graves. Le pasó algo parecido al principio con los hombres solteros de los pueblos. Ahora la consideran de la familia.

"¡Mirad! En esta curva tuve yo un accidente. Era después de una noche de guardia muy movida. No había dormido. Mis pacientes siempre me dicen: `Un día se caerá por un terraplén y la encontraremos cuando empiece a oler".

En el pueblo, unos hombres han matado un jabalí en una batida controlada, y cuando ven llegar a la doctora le ofrecen el lomo como regalo.

"Alicia, llévate también las patas y te haces una percha", bromea el guarda forestal. Y es él quien nos invita a probar el chorizo de jabalí, que es muy- magro y tiene un sabor parecido al de la sobrasada. Comemos de pie, en el teleclub, apoyados en la barra que hace de bar.

"Estos tres señores están pasados de colesterol, no deberían comer tanta grasa.

Mientras hablamos, una señora le trae una caja de pastillas empezada. -Aquí tiene lo que me sobró, doña Alicia.

-Intento aprovechar los medicamentos -nos aclara-, porque la gente mayor suele acaparar muchos. Es lógico, tienen problemas de transporte para ir a la farmacia. Guardan los empezados que ya no usarán. En lugar de tirarlos, me los llevo y se los doy a otro que los necesite. Esto no sé si es ético, o legal, pero me parece más sostenible. Desde luego, pido siempre permiso.

-Pues no tiene usted que pedir permiso para nada> doña Alicia -protesta la señora-, que ya sabe usted que en este pueblo somos muy bien mandados. -Elena, ¿y cómo va el comer?

-Mal, Asun, mal, estoy aburrida con la comida. Sólo mentar la carne se me revuelve todo... -la paciente que está visitando Asun, en Saldaña, tiene una enfermedad complicada.

-¿Y beber? ¿Se acuerda que tiene que beber?

-Eso sí. Mi litro de vino diario -bromea la señora.

Asun hace su gesto habitual de frotarse las manos. También frota el tensiómetro. Luego le toma el pulso mientras el marido, que es quien la cuida, observa en silencio.

-De pulso está bien. Es lento, pero se lo han hecho adrede. La revisión del marcapasos ¿es en abril?

-En abril, sí.

-La fatiga ¿es por la noche? -A ratos.

-Bueno -y luego se dirige al hombre-. Y usted Julián... Usted ha suspendido todo ¿no? Que me he enterado -se refiere a que no toma su medicación.

-Me he dejado un poco, sí...

-Pues no debe, que en el cielo no le necesitamos. Nos hace falta aquí.

"Veo que una enfermedad terminal la acepta mejor un abueluco de aquí, o un joven, que alguien de una ciudad", nos cuenta Alicia. "Pero ¿cómo les voy a decir yo que no coman? Antes era más intervencionista. La gente usa mucho los remedios naturales, como la miel o el árnica. Remedios de siempre, que son útiles, y de los que yo he aprendido un montón. Las enfermedades que tienen son, en muchos casos> derivadas de las condiciones de vida tan duras. Sufren de artrosis y caminan curvados, y eso es de haberse pasado la juventud recogiendo remolacha o rompiendo el hielo del río para lavar la ropa después".

Después de la visita, que es la última del día, Asun nos invita a un caldo en un bar de Saldaña. "En todos estos años de trabajo en Saldaña he visto una cosa. Una enfermedad terminal la acepta mejor un abueluco de aquí, o un joven (que por desgracia tenemos muchos también), que alguien de una ciudad. El que tiene una enfermedad terminal lo sabe, aunque no se lo hayan dicho.

 

LA RUTA. "Muchas calles de estos pueblos no tienen nombre, y cuando llueve o es de noche, el paciente coloca una silla en el portal para que el médico no se pierda".

 

Hay un clima de sensibilidad en el ambiente que no hace falta que hables. Tú lo sabes y él sabe que lo sabes. Les estás diciendo, sin palabras: `¿Quieres que siga viniendo o no me quieres ver más? Será como tú quieras'. Generalmente, si el enfermo no te conoce, te trata con freno; pero después te reclama por alguna excusa. Él ve lo que puede pedirte, y tú sabes que te está queriendo decir: no me lleves al hospital, llévame en caso de que haya alguna técnica que no puedas aplicarme; pero luego devuélveme a casa, que es donde quiero estar. El hospital de Palencia es muy bueno, y eso suple la falta de medios. Hay unos profesionales que aceptan todas las peticiones. Les dices: tengo un señor y no soy capaz de pararle los vómitos, ¿qué puedo hacer? Y te dicen: pues hazle esto, o mandámelo. La gente no quiere ser intubada, tratada artificialmente más de lo debido. Las cosas hay veces que te salen bien y hay veces que no. Pero los familiares te dicen siempre: `Gracias por haber estado al pie de la cama".

En Vega de Doña Olimpa, una señora saluda a Asun y Alicia desde su casa, y las invita a pasar. Carga de leña un horno situado bajo el pavimento, que, a través de un conducto subterráneo, caldea la planta baja. El sistema es el mismo que el de los hipocaustos de la antigüedad. La mayoría de las casas tiene esta calefacción por suelo radiante

-Demos agua a estas personas --dice el marido, refiriéndose a nosotras. -No, gracias -nos excusamos.

-¡De las gracias no se come!

Asun examina la herida de la señora mientras la doctora le ayuda. Se quemó con agua hirviendo y hay que cambiarle la venda.

-No tiene que sentarse en la trébede -la reprende Asun-. Se va a quedar sin sensibilidad en las piernas.

La trébede es un horno, situado en la cocina, que sirve principalmente como fuente de calor. Tiene una repisa de unos dos metros encima.

-Aquí, en la trébede, he parido yo -nos explica la mujer.

-Y más de un enfermo hemos atendido ahí encima -añade Alicia-. La falta de medios agudiza la imaginación. No sería la primera vez que hemos colgado un suero de una percha para esperar a la ambulancia.

-Aunque a veces, para ganar tiempo. somos nosotros los que llevamos al enfermo a Carrión, y allí hacemos el traslado con los del 061-sigue Asun-. Y si no, tiras para Palencia. Si lo tienes estabilizado es mejor ganar tiempo. Eso sobre la marcha. Es que aquí estamos en tierra de nadie, porque el 061 llega a Carrión, pero no a Saldaña. Saldaña no es ni para unos ni para otros. Lo tenemos. porque si lo pedimos viene; pero no está institucionalizado como tal. Y siempre que hemos necesitado el helicóptero, ha venido, eso desde luego.

 

El último pueblo que visitamos con la doctora y la enfermera, Renedo de la Loma, tiene cinco habitantes. Don Manuel, el vecino que, desde las primeras elecciones, ejerce de presidente de la mesa electoral, nos abre la puerta del consultorio: `aquí somos cinco electores, y a mí que no me digan. Aunque el voto sea secreto, ;todos sabemos quién es el que vota al PP'.".

El local es nuevo, aún no han arrancado los carteles de las paredes del día que lo abrieron: "Sábado 29 de octubre. Inauguración del dispensario y vino español. Con la actuación estelar de los afamados dulzaineros Vino Aquilino".

-Poco a poco, nos construyen consultorios -explica Alicia-. Hasta no hace tanto recetábamos por la calle. Pero ya veis, no tienen teléfono. Como en la zona no hay cobertura para el móvil, si alguien quiere darnos un aviso llama a una casa del pueblo. Luego, nosotras le damos a la señora cincuenta céntimos o lo que sea. Es que no es plan.

-Lo peor es que en los consultorios no hay calefacción -sigue Asun-. Pides a los que mandan que la instalen y es como si les arrancaras el alma. Y tú dile a un enfermo que se desnude con este frío. Aparte de que tomar una tensión arterial con frío no es fiable, no sirve.

 

En el consultorio local. los enfermos de la sala de espera se han quitado delantales, abrigos y pañuelos de la cabeza. Se ha corrido la voz de que la doctora y la enfermera quieren pedirles permiso para hacerles fotografías.

-¿Son garrapatillos?-susurra uno de los abuelos, refiriéndose a nosotros. Así es como llaman a los turistas, en honor a una mortífera plaga del trigo. Y al saber que somos garrapatillos reporteros, una señora exclama:

-Estamos hechas unas mozas y vamos a venir en el periódico.

-Póngase derecha, mujer -la anima Alicia.

-Derecha no puedo. -¿Y eso?

-¡Me duele el cuerpo!

 

-En Relea, por ejemplo -añade Alicia-, nos han hecho la sala de espera más grande que la consulta. Todo lo que es burocracia viene de Palencia, sin que nadie lo vea sobre el terreno. Y el de Valles, que es bonito, no es práctico. Los enfermos no pueden subir las escaleras. Sería mejor en planta baja. ¡Por cierto, Asun! Me ha dicho hoy el alguacil que ya está concedida la camilla de Relea.

A1 oírlo, don Manuel, el presidente de la mesa electoral, chasquea la lengua, y comprendiendo que la concesión de la camilla de Relea es el súmmum de la generosidad institucional, exclama:

-Cómo se nota que vienen las elecciones. coño!